viernes, 10 de septiembre de 2010

God Hates Us All

Bogotá, Colombia. 9:55 Pm. InVitro Bar. El cielo está nublado desde donde puedo ver, en aquel cubículo despejado de techo donde los fumadores, que somos tantos, nos apiñamos para exhalar algo de humo mientras intentamos no quemar el codo del que está al lado. Sentado en esa banca de piedra gris escucho la voz de mi amiga que me habla a los gritos, intentando domar la música estridente. Yo miro el humo que se pierde en la atmósfera, no solo el mío, el de tantos pitillos acumulados en tan poco espacio. Discierno una palabra entre tanta Bomba Estéreo. CALIFORNICATION. La miro a los ojos, inquisitivo.

Nunca he sido bueno para las series de TV. Siempre me las pierdo por más interés que les coja y no por una postura pseudointelectual típica, de esas que subestiman la TV, los videojuegos y las películas de Cameron, sino porque, de manera extraña, el tiempo para mi es paradójico y no tiene mucho sentido. Si no fuera este un pueblo, como todas las ciudades de nuestro país, y tal vez de nuestra América Latina, no diferenciaría un domingo de un miércoles. Nunca sé que día ni a qué hora las transmiten y me pierdo las emisiones. Así que me resigno a ver televisión en modo "random", a lo que caiga, al "zapping" eterno. Pero desde que la Internet empezó a publicar los episodios, soy feliz.

Mi amiga, habló de Californication. Me dijo que me iba a gustar. Que se trataba de un escritor. De los que sacan un solo libro bueno y caen en el Samsara. De los que son alcohólicos y locos. De los devora-mujeres. De los importa-culistas. De los que odian su vida y a si mismos. De los que fuman una cajetilla por hora. De los estancados. De los caídos. De los que no se bañan. De los que tienen siempre a la mano una botella de Jack Daniels. De los que malcrían a sus hijas. De los noctámbulos. De los que se levantan por la tarde. Me dijo que me gustaría.

Bueno, llevo 20 minutos del piloto. Este tipo, un tal Hank, se ha comido ya a 3 chicas. Soñó con una monja. Se tomó una botella entera de Whiskey. Se fumó unas 3 cajetillas de Marlboro. Entró a una librería y se levantó a una nena super sexy. Condujo un Porche por las calles de Los Ángeles. Su hija encontró una chica desnuda en su habitación.

Creo que lo único que faltó para completar el cuadro es una ventana. una ventana que da a la ciudad. Por ella entra una luz violeta intermitente. Un cenicero lleno de colillas y nuestro héroe mirando por la ventana con el portátil abierto en una página en blanco de un procesador de palabras desconocido (Mostrar el Word en TV sería una grave ofensa a los derechos de autor de Microsoft y al mismísimo Bill, que vomitaría si supiese que uno de sus puros artículos se cuela en una serie donde se fornica en forma).

Creo que los que escriben este tipo de series necesitan urgentemente hacer un par de cosas. La primera sería conocer a Germán Arciniegas, Julio Cortázar o a Carlos Fuentes. En seguida se darían cuenta de que los escritores, muy al contrario de los que cunde en los imaginarios colectivos, son personas aburridas, profesores universitarios casados que se la pasan más leyendo, o corrigiendo parciales, que fornicando.

Segundo, creo que necesitan leer, vivir un poco más. Tal vez eso les de ideas un poco más originales que esa visión cerrada del escritor al mejor estilo de Henry Miller. Sin embargo, vamos a ser un poco condescendientes con los pobres escritores de estas series sobre escritores literarios. Ellos solo escriben lo que se vende, lo que el público quiere ver. No de otra manera lo transmitiría Warner. La culpa es del público, que se deja deslumbrar por el sexo en TV, porque sienten envidia, aún, por este tipo de personajes, oscuros, caídos, lujuriosos, todo lo que ellos no son sentados en sus oficinas estrechas, en sus cubículos, con el trabajo hasta el cuello. En ese sentido, muchas de las series de televisión, las películas y los libros tienen la misma función del porno: Darle una ilusión (al mejor sentido psiquiátrico) al espectador, meterlo dentro de los zapatos de un personaje imposible.

jueves, 12 de agosto de 2010

Reflexiones Alrededor de una hormona (1)

Desafortunadamente, para las ciencias, existe una guerra que todos conocemos. Y aunque no hay balas ni muertes (entre comillas), ni material bélico de ningún tipo. Pero hay palabras e improperios a granel, debates sin fin, protestas y no se cuantas más formas de vilipendio. Esta guerra es la de las ciencias sociales contra las biológicas, guerra nefasta que atrasa el conocimiento de la naturaleza humana y lleva a la gente del común a el error constante.

Pero la realidad se distancia mucho de lo que la gente desea, a lo que, como humanos, deseamos que sea el mundo. Y si me preguntan, la naturaleza es "facha". Lo que quieren las células está muy lejos de lo que queremos nosotros: ellas solo buscan la supervivencia de la vida por encima de la supervivencia individual. Por esto, la reproducción es el centro de la vida, al ser la única vía de perpetuación de la vida, más allá de la muerte individual. No podemos olvidar que no somos un ser individual sino una colonia de células y que cada una de ellas tiene una vida independiente de la nuestra, que viven en y para una comunidad. Ellas actúan según su oficio dentro del cuerpo, aportan lo suyo, con el único objetivo de asegurar la supervivencia de la colonia. Es por ello que a una célula del páncreas no le preocupa, aunque podría afectarle en cierta medida, las deudas, las decepciones amorosas o los partidos de fútbol, así como nosotros no tenemos que pensar en la dosis exacta de insulina que ella tiene que segregar. Las células de nuestro cuerpo llevan vidas independientes aunque lo que nos afecta les afecte a ellas y viceversa. Es más, posiblemente ellas tengan consciencia: no se puede descartar a pesar de no haberse podido comprobar.

En un pasado remoto, las células vivían independientemente en los mares antiguos, pero descubrieron que juntándose en colonias podrían sobrevivir más fácil. Así comenzaron los organismos pluricelulares. Entre más complejos estos organismos, las células se hicieron más especializadas, con tareas específicas para mejorar la supervivencia y la competitividad de los organismos que formaban, como una ciudad donde sus habitantes trabajan para su mejor funcionamiento.

Millones de años de evolución han perfeccionado estas comunidades celulares hasta crear organismos impresionantes y complejos, como nosotros los humanos. Y algo que han perfeccionado al máximo es la habilidad de los organismos para reproducirse y fortalecer sus características de supervivencia y adaptabilidad. Y perfeccionar esto se logra mezclando el ADN.

La mezcla de ADN es la mejor herramienta de la evolución. Provee a la estructura del ADN de nuevas características, nuevas formas y facultades que pueden hacer que un organismo sea más competitivo ante las condiciones cambiantes de la tierra. Para un organismo, la mezcla se logra durante la reproducción, al mezclar combinaciones diferentes de genes con sujetos variados. Ahí es donde las hormonas entran en acción.

Nosotros, como individuos, solo sentimos impulsos, emociones que son evaluados por la razón. El resultado de esta evaluación es la acción. Actuamos según esa mezcla de sensaciones y racionamientos. Lo que sentimos es poderoso, tanto que a veces la razón no es suficiente para detener nuestras acciones a pesar de claros mensajes de peligro o de transgresión de límites morales y sociales. A las células les importa muy poco la moral o la sociedad. Ellas actúan según lo que están programadas a hacer para obtener los mejores resultados para la supervivencia.

En el caso del sexo se han detectado, no solo en humanos, varias hormonas que median en el impulso sexual. Dos son bastante importantes: La testosterona y la Vasopresina.

La testosterona, la hormona masculina que todos conocemos, se produce en los hombres en los testículos y en la mujer, en menor cantidad, en los ovarios y las glándulas adrenales, a partir del colesterol. Además de hacer la diferenciación sexual en los fetos y de darle caracteres sexuales a los adolescentes masculinos, es la hormona del deseo sexual tanto en hombres como mujeres. A más testosterona circulando, más deseo sexual. Los hombres producimos constantemente grandes cantidades de testosterona, lo que nos mantiene en un estado permanente de deseo. Las mujeres producen menos y está ligada a una ciclicidad.

La vasopresina u Hormona Antidiurética, se produce en la hipófisis y está encargada, entre otras, de mantener el equilibrio de líquidos en el cuerpo. Sin ella, nos la pasaríamos orinando. Pero estudios recientes indican que ciertas variedades de vasopresina pueden hacer que los individuos tiendan a la monogamia o a la poligamia. Y, oh sorpresa, la variedad que hace tender a la poligamia se encuentra mayoritaria mente en los hombres.

Aunque para muchos (y muchas), esto puede llegar a ser un discurso de "disculpa", no es tal: Estas diferencias no son gratis. Evolutivamente, biológicamente, es mejor que los hombres sean seres arrechos y polígamos y las mujeres seres tiernos y monógamos. esto se puede ver en la mayoría de especies, especialmente en los mamíferos, grupo al cual pertenecemos. Ellas, al estar encargadas de parir y velar por las crías, buscan la estabilidad que les asegure que mientras ellas crían tengan lo necesario para vivir y para mantener al retoño. Ellos, en cambio, son los "encargados" de mezclar los genes y proveer a la evolución de nuevas combinaciones para crear características fuertes e importantes en los seres que los hagan más competitivos.

En la próxima entrega: La guerra entre la biología y las ciencias humanas. ¿Qué sería de todo este enfrentamiento si unos se escucharan a otros?