Desafortunadamente, para las ciencias, existe una guerra que todos conocemos. Y aunque no hay balas ni muertes (entre comillas), ni material bélico de ningún tipo. Pero hay palabras e improperios a granel, debates sin fin, protestas y no se cuantas más formas de vilipendio. Esta guerra es la de las ciencias sociales contra las biológicas, guerra nefasta que atrasa el conocimiento de la naturaleza humana y lleva a la gente del común a el error constante.
Pero la realidad se distancia mucho de lo que la gente desea, a lo que, como humanos, deseamos que sea el mundo. Y si me preguntan, la naturaleza es "facha". Lo que quieren las células está muy lejos de lo que queremos nosotros: ellas solo buscan la supervivencia de la vida por encima de la supervivencia individual. Por esto, la reproducción es el centro de la vida, al ser la única vía de perpetuación de la vida, más allá de la muerte individual. No podemos olvidar que no somos un ser individual sino una colonia de células y que cada una de ellas tiene una vida independiente de la nuestra, que viven en y para una comunidad. Ellas actúan según su oficio dentro del cuerpo, aportan lo suyo, con el único objetivo de asegurar la supervivencia de la colonia. Es por ello que a una célula del páncreas no le preocupa, aunque podría afectarle en cierta medida, las deudas, las decepciones amorosas o los partidos de fútbol, así como nosotros no tenemos que pensar en la dosis exacta de insulina que ella tiene que segregar. Las células de nuestro cuerpo llevan vidas independientes aunque lo que nos afecta les afecte a ellas y viceversa. Es más, posiblemente ellas tengan consciencia: no se puede descartar a pesar de no haberse podido comprobar.
En un pasado remoto, las células vivían independientemente en los mares antiguos, pero descubrieron que juntándose en colonias podrían sobrevivir más fácil. Así comenzaron los organismos pluricelulares. Entre más complejos estos organismos, las células se hicieron más especializadas, con tareas específicas para mejorar la supervivencia y la competitividad de los organismos que formaban, como una ciudad donde sus habitantes trabajan para su mejor funcionamiento.
Millones de años de evolución han perfeccionado estas comunidades celulares hasta crear organismos impresionantes y complejos, como nosotros los humanos. Y algo que han perfeccionado al máximo es la habilidad de los organismos para reproducirse y fortalecer sus características de supervivencia y adaptabilidad. Y perfeccionar esto se logra mezclando el ADN.
La mezcla de ADN es la mejor herramienta de la evolución. Provee a la estructura del ADN de nuevas características, nuevas formas y facultades que pueden hacer que un organismo sea más competitivo ante las condiciones cambiantes de la tierra. Para un organismo, la mezcla se logra durante la reproducción, al mezclar combinaciones diferentes de genes con sujetos variados. Ahí es donde las hormonas entran en acción.
Nosotros, como individuos, solo sentimos impulsos, emociones que son evaluados por la razón. El resultado de esta evaluación es la acción. Actuamos según esa mezcla de sensaciones y racionamientos. Lo que sentimos es poderoso, tanto que a veces la razón no es suficiente para detener nuestras acciones a pesar de claros mensajes de peligro o de transgresión de límites morales y sociales. A las células les importa muy poco la moral o la sociedad. Ellas actúan según lo que están programadas a hacer para obtener los mejores resultados para la supervivencia.
En el caso del sexo se han detectado, no solo en humanos, varias hormonas que median en el impulso sexual. Dos son bastante importantes: La testosterona y la Vasopresina.
La testosterona, la hormona masculina que todos conocemos, se produce en los hombres en los testículos y en la mujer, en menor cantidad, en los ovarios y las glándulas adrenales, a partir del colesterol. Además de hacer la diferenciación sexual en los fetos y de darle caracteres sexuales a los adolescentes masculinos, es la hormona del deseo sexual tanto en hombres como mujeres. A más testosterona circulando, más deseo sexual. Los hombres producimos constantemente grandes cantidades de testosterona, lo que nos mantiene en un estado permanente de deseo. Las mujeres producen menos y está ligada a una ciclicidad.
La vasopresina u Hormona Antidiurética, se produce en la hipófisis y está encargada, entre otras, de mantener el equilibrio de líquidos en el cuerpo. Sin ella, nos la pasaríamos orinando. Pero estudios recientes indican que ciertas variedades de vasopresina pueden hacer que los individuos tiendan a la monogamia o a la poligamia. Y, oh sorpresa, la variedad que hace tender a la poligamia se encuentra mayoritaria mente en los hombres.
Aunque para muchos (y muchas), esto puede llegar a ser un discurso de "disculpa", no es tal: Estas diferencias no son gratis. Evolutivamente, biológicamente, es mejor que los hombres sean seres arrechos y polígamos y las mujeres seres tiernos y monógamos. esto se puede ver en la mayoría de especies, especialmente en los mamíferos, grupo al cual pertenecemos. Ellas, al estar encargadas de parir y velar por las crías, buscan la estabilidad que les asegure que mientras ellas crían tengan lo necesario para vivir y para mantener al retoño. Ellos, en cambio, son los "encargados" de mezclar los genes y proveer a la evolución de nuevas combinaciones para crear características fuertes e importantes en los seres que los hagan más competitivos.
En la próxima entrega: La guerra entre la biología y las ciencias humanas. ¿Qué sería de todo este enfrentamiento si unos se escucharan a otros?
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