Bogotá, tres de la tarde. Tras meses y meses de lluvias, y un par de semanas de sol, el cielo se vuelve a nublar. No me importa mucho y llego al café Valdez de la calle 9 con carrera 73. Es uno de los pocos lugares que quedan (muy pocos en realidad) en los que puedes, aún, sentarte a tomar un café, leer un rato y acompañar todo esto con un cigarrillo.
Mientras leo, escucho a los de la mesa del lado. Se trata de un par de hombres que rondan los 60 años. Declaman poesía y hablan sobre "la madurez del poeta y su creación". No les hago más caso y continuo con mi lectura. De repente, uno de los hombres, el que al parecer tiene más desarrollado el don de la elocuencia, detiene su disertación y se hace un pequeño silencio en la mesa (todo esto captado por mi inconsciente, ya que, la verdad, estaba embebido en las descabelladas explicaciones de sus fechorías dadas por Humbert Humbert a su imaginario jurado). Y entonces lo escucho: "Señorita, este no es un lugar público. Aquí no puede fumar. Pero tranquila, siga, no se detenga por mi".
Las palabras estaban dirigidas a una mujer joven, de no más de 25 años, que hablaba exaltadamente, con otra de sus mismas características, tal vez una amiga de la universidad, sobre un conocido de ella y su inhabilidad para cortejarla. Blandía un "Kool" que iba por la mitad, mientras hablaba con ademanes exagerados de sus manos. El "justiciero" que le dirigió el reclamo era aquel crítico de poesía, el que unos segundos antes se jactaba de estar por encima de la madurez de algún poeta.
La reacción de ella fue primero de estupefacción. Se quedó mirando a aquel hombre con cara de "What!!??" (ese what tan norteamericano, de película de adolescentes adinerados en preparatoria). Luego, al término de la diatriba del hombre, miró a su amiga con una risa burlona, como preguntándole: "de dónde salió este sujeto y por qué se comporta como un idiota" y continuó hablando, esta vez en voz baja, sin botar el cigarrillo, cosa que haría un par de minutos más tarde.
Después de presenciar la escena, volví los ojos al libro y pretendí leer. En realidad, no me pude concentrar más pues me llenaba esa sensación a la que me tengo que enfrentar a diario: Soy un perseguido. Un outlaw.
El ejercicio de la democracia es difícil. Y más aún si atendemos a su definición: Según la Wikipedia, Democracia es una forma de organización de grupos de personas, cuya característica predominante es que la titularidad del poder reside en la totalidad de sus miembros, haciendo que la toma de decisiones responda a la voluntad colectiva de los miembros del grupo. Suena bien. Que los gobernantes sean los representantes del pueblo y tomen las decisiones basados en la voluntad de éste es de lo más cojonudo, por lo que no extraña que desde los tiempos gloriosos de la sociedad griega (hace ya unos cuantos milenios) hasta hoy, haya sobrevivido su ideología.
Pero encuentro algunos obstáculos para su ejercicio pleno en el mundo de hoy.
El problema fundamental de la democracia actualmente es la cantidad de personas que integran los pueblos. 6.500'000.000 de habitantes en el planeta, distribuidos en alrededor de 200 estados, la mayoría democráticos, o autoproclamados democráticos, y dependiendo de su tamaño, da un número inmenso de personas por estado. No más, en la nación abanderada de la democracia, Estados Unidos de América, la población ronda los 300'000.000 de habitantes. Considerando que entre tal cantidad de personas, algunas, por lo menos (son muchísimas en realidad), no estén completamente de acuerdo con las medidas tomadas por sus representantes, estoy seguro que no podemos hablar de un "gobierno del pueblo" real.
Y por ahí mismo, por esa misma vereda, se encuentra el siguiente problema. Entre tanto pueblo, entre tanta gente, es realmente difícil acceder a las esferas de poder que toman las decisiones. Si yo, como ciudadano que soy, con derechos democráticos que poseo como miembro activo de esta sociedad, no estoy de acuerdo con algunas de las medidas tomadas por nuestros gobernantes, no es mucho lo que pueda hacer para ejercer mi derecho de "decisión". Puedo escribir cartas a nuestros representantes, puedo escribir a los medios de comunicación, puedo organizar marchas y grupos de trabajo. Pero todos sabemos que esas medidas no llegarán a ninguna parte. Una voz entre millones no se oirá. Hay miles de gritos a mi alrededor, a favor y en contra de mis propuestas para que sean escuchadas. Al final, las decisiones tomadas por nuestros representantes, que ellos claman que son las mejores para el bienestar de la mayoría, se imponen sin que el pueblo pueda hacer gran cosa. Para eso habría que hacer plebiscitos para cada decisión, cosa que nunca sucederá.
Lo poco que puede hacer el pueblo es votar para decidir quienes van a ser sus representantes. Pero este punto está viciado también. Todos sabemos que detrás de una elección de gobernantes hay una serie de variables que sesgan los resultados. No podemos evitar las promesas vanas, los perfiles enchidos, las maniobras electorales, la compra de votos, la publicidad. No podemos hacer que el pueblo se represente a si mismo porque los que se postulan a estos cargos no son, ni de lejos, una muestra significativa del pueblo mismo. Nuestros candidatos son siempre ricos sin nada mejor que hacer, sin problemas reales. Delfines de familias de políticos ancestrales con más intereses propios que comunes. Estrellitas de la farándula criolla, elegidos solo por nombre y apariencia física. Poderosos delincuentes que compran los votos a punta de billetes, toneladas de medicamentos o litros de ron. Y ¿Qué hay del trabajador? ¿Del dependiente de panadería? ¿Del técnico automotriz? ¿Del arquitecto del común que tiene que buscar trabajo y partirse la espalda todos los días, incluidos sábados, para ganar un salario digno? ¿Y el "sin hogar", el ñerito común y silvestre? ¿No es ciudadano?
Claro, me pueden decir: Cualquiera se puede postular a un cargo público en el gobierno. La pregunta es: ¿Cuántos van a votar por él? ¿Logrará este pobre representante del pueblo pagar toda la campaña, toda la publicidad o comprar aunque sea un votico? No lo creo. Y los que lo han logrado, terminan siendo un chiste, una atracción de circo o un simple títere de los que lo respaldaron. Y esto me lleva al siguiente punto de discusión.
Digamos que un representante digno, honrado y justo del pueblo llega a los escaños públicos del gobierno. Por cada uno de ellos existen 500 más detrás, con intereses personales que proteger y que le harán una oposición agresiva. Y es que el poder y el dinero manda.
El capitalismo es el culmen del problema democrático. En una sociedad basada en el consumo como la nuestra, el dinero manda y las decisiones tomadas en las "altas esferas" se encaminan a proveer a la minoría "de bien" de herramientas legales para hacer, aún, más dinero, pasando por encima de cualquier mejora en la calidad de vida de los ciudadanos. Irónico. Cuando uno de los pilares de la democracia es el bien de la mayoría, vemos como nuestros representantes nos arrebatan ese bienestar para aumentar el PIB, unidad de medida aberrante con la que se mide la felicidad media de un grupo tan grande de gente. Lo que para ellos es "bienestar" para nosotros es "resignación".
¡Pero me he ido por las ramas! Si iba a hablar del cigarrillo. Por dios, ¡la mente vuela! Para mi, no hay nada mejor que acompañar un libro con un buen cigarrillo. Desafortunadamente vamos camino a no poder fumar sino en el propio cuarto. He ahí, ¡oh, triste realidad!, la última objeción que le hago a la democracia en este año de nuestro señor. La libertad, que es tan defendida por las democracias actuales, es solo una ilusión. En las manos de la democracia está el dedo que señala. Señala a los que actúan y hablan fuera de lo que otros deciden que es lo mejor para mi.
Por eso soy un perseguido. Un paria. Un monstruo que fuma en el espació público y privado. Al que maestros de la madurez señalan con sus dedos de uñas cuidadas y yemas gastadas de tanto pasar las hojas de los libros de poesía. "No debes fumar, eso nos matará", gritan, "el ministerio de salud lo dice". Y yo, no puedo dejar de pensar: "¿Estaré haciendo algo malo?".
Mientras leo, escucho a los de la mesa del lado. Se trata de un par de hombres que rondan los 60 años. Declaman poesía y hablan sobre "la madurez del poeta y su creación". No les hago más caso y continuo con mi lectura. De repente, uno de los hombres, el que al parecer tiene más desarrollado el don de la elocuencia, detiene su disertación y se hace un pequeño silencio en la mesa (todo esto captado por mi inconsciente, ya que, la verdad, estaba embebido en las descabelladas explicaciones de sus fechorías dadas por Humbert Humbert a su imaginario jurado). Y entonces lo escucho: "Señorita, este no es un lugar público. Aquí no puede fumar. Pero tranquila, siga, no se detenga por mi".
Las palabras estaban dirigidas a una mujer joven, de no más de 25 años, que hablaba exaltadamente, con otra de sus mismas características, tal vez una amiga de la universidad, sobre un conocido de ella y su inhabilidad para cortejarla. Blandía un "Kool" que iba por la mitad, mientras hablaba con ademanes exagerados de sus manos. El "justiciero" que le dirigió el reclamo era aquel crítico de poesía, el que unos segundos antes se jactaba de estar por encima de la madurez de algún poeta.
La reacción de ella fue primero de estupefacción. Se quedó mirando a aquel hombre con cara de "What!!??" (ese what tan norteamericano, de película de adolescentes adinerados en preparatoria). Luego, al término de la diatriba del hombre, miró a su amiga con una risa burlona, como preguntándole: "de dónde salió este sujeto y por qué se comporta como un idiota" y continuó hablando, esta vez en voz baja, sin botar el cigarrillo, cosa que haría un par de minutos más tarde.
Después de presenciar la escena, volví los ojos al libro y pretendí leer. En realidad, no me pude concentrar más pues me llenaba esa sensación a la que me tengo que enfrentar a diario: Soy un perseguido. Un outlaw.
El ejercicio de la democracia es difícil. Y más aún si atendemos a su definición: Según la Wikipedia, Democracia es una forma de organización de grupos de personas, cuya característica predominante es que la titularidad del poder reside en la totalidad de sus miembros, haciendo que la toma de decisiones responda a la voluntad colectiva de los miembros del grupo. Suena bien. Que los gobernantes sean los representantes del pueblo y tomen las decisiones basados en la voluntad de éste es de lo más cojonudo, por lo que no extraña que desde los tiempos gloriosos de la sociedad griega (hace ya unos cuantos milenios) hasta hoy, haya sobrevivido su ideología.
Pero encuentro algunos obstáculos para su ejercicio pleno en el mundo de hoy.
El problema fundamental de la democracia actualmente es la cantidad de personas que integran los pueblos. 6.500'000.000 de habitantes en el planeta, distribuidos en alrededor de 200 estados, la mayoría democráticos, o autoproclamados democráticos, y dependiendo de su tamaño, da un número inmenso de personas por estado. No más, en la nación abanderada de la democracia, Estados Unidos de América, la población ronda los 300'000.000 de habitantes. Considerando que entre tal cantidad de personas, algunas, por lo menos (son muchísimas en realidad), no estén completamente de acuerdo con las medidas tomadas por sus representantes, estoy seguro que no podemos hablar de un "gobierno del pueblo" real.
Y por ahí mismo, por esa misma vereda, se encuentra el siguiente problema. Entre tanto pueblo, entre tanta gente, es realmente difícil acceder a las esferas de poder que toman las decisiones. Si yo, como ciudadano que soy, con derechos democráticos que poseo como miembro activo de esta sociedad, no estoy de acuerdo con algunas de las medidas tomadas por nuestros gobernantes, no es mucho lo que pueda hacer para ejercer mi derecho de "decisión". Puedo escribir cartas a nuestros representantes, puedo escribir a los medios de comunicación, puedo organizar marchas y grupos de trabajo. Pero todos sabemos que esas medidas no llegarán a ninguna parte. Una voz entre millones no se oirá. Hay miles de gritos a mi alrededor, a favor y en contra de mis propuestas para que sean escuchadas. Al final, las decisiones tomadas por nuestros representantes, que ellos claman que son las mejores para el bienestar de la mayoría, se imponen sin que el pueblo pueda hacer gran cosa. Para eso habría que hacer plebiscitos para cada decisión, cosa que nunca sucederá.
Lo poco que puede hacer el pueblo es votar para decidir quienes van a ser sus representantes. Pero este punto está viciado también. Todos sabemos que detrás de una elección de gobernantes hay una serie de variables que sesgan los resultados. No podemos evitar las promesas vanas, los perfiles enchidos, las maniobras electorales, la compra de votos, la publicidad. No podemos hacer que el pueblo se represente a si mismo porque los que se postulan a estos cargos no son, ni de lejos, una muestra significativa del pueblo mismo. Nuestros candidatos son siempre ricos sin nada mejor que hacer, sin problemas reales. Delfines de familias de políticos ancestrales con más intereses propios que comunes. Estrellitas de la farándula criolla, elegidos solo por nombre y apariencia física. Poderosos delincuentes que compran los votos a punta de billetes, toneladas de medicamentos o litros de ron. Y ¿Qué hay del trabajador? ¿Del dependiente de panadería? ¿Del técnico automotriz? ¿Del arquitecto del común que tiene que buscar trabajo y partirse la espalda todos los días, incluidos sábados, para ganar un salario digno? ¿Y el "sin hogar", el ñerito común y silvestre? ¿No es ciudadano?
Claro, me pueden decir: Cualquiera se puede postular a un cargo público en el gobierno. La pregunta es: ¿Cuántos van a votar por él? ¿Logrará este pobre representante del pueblo pagar toda la campaña, toda la publicidad o comprar aunque sea un votico? No lo creo. Y los que lo han logrado, terminan siendo un chiste, una atracción de circo o un simple títere de los que lo respaldaron. Y esto me lleva al siguiente punto de discusión.
Digamos que un representante digno, honrado y justo del pueblo llega a los escaños públicos del gobierno. Por cada uno de ellos existen 500 más detrás, con intereses personales que proteger y que le harán una oposición agresiva. Y es que el poder y el dinero manda.
El capitalismo es el culmen del problema democrático. En una sociedad basada en el consumo como la nuestra, el dinero manda y las decisiones tomadas en las "altas esferas" se encaminan a proveer a la minoría "de bien" de herramientas legales para hacer, aún, más dinero, pasando por encima de cualquier mejora en la calidad de vida de los ciudadanos. Irónico. Cuando uno de los pilares de la democracia es el bien de la mayoría, vemos como nuestros representantes nos arrebatan ese bienestar para aumentar el PIB, unidad de medida aberrante con la que se mide la felicidad media de un grupo tan grande de gente. Lo que para ellos es "bienestar" para nosotros es "resignación".
¡Pero me he ido por las ramas! Si iba a hablar del cigarrillo. Por dios, ¡la mente vuela! Para mi, no hay nada mejor que acompañar un libro con un buen cigarrillo. Desafortunadamente vamos camino a no poder fumar sino en el propio cuarto. He ahí, ¡oh, triste realidad!, la última objeción que le hago a la democracia en este año de nuestro señor. La libertad, que es tan defendida por las democracias actuales, es solo una ilusión. En las manos de la democracia está el dedo que señala. Señala a los que actúan y hablan fuera de lo que otros deciden que es lo mejor para mi.
Por eso soy un perseguido. Un paria. Un monstruo que fuma en el espació público y privado. Al que maestros de la madurez señalan con sus dedos de uñas cuidadas y yemas gastadas de tanto pasar las hojas de los libros de poesía. "No debes fumar, eso nos matará", gritan, "el ministerio de salud lo dice". Y yo, no puedo dejar de pensar: "¿Estaré haciendo algo malo?".
exelente!
ResponderEliminarExelente Es Una Buena Forma De Pensar Sobre La Democracia De Este Pais !
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